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lunes, 28 de marzo de 2011

Esta primavera, escalofríos.

Ya es primavera. Como vuela el tiempo – y Sophy se queda con la mirada fijada en quien sabe que horizonte tremendamente pensativa - Ojalá pudiera detener el tiempo, ojalá existiera un reloj que controlase el tiempo.   Como me gustaría tenerlo  poder verlo destruido,  algo así como en un cuadro de Dalí.

La chica de los jazmines desea ser  una flor. 
Seria peligroso jugar con el tiempo, tendría consecuencias inesperadas. Aunque ella se limitaría a dar marcha atrás para salir huyendo lejos de esta primavera tan vacía y traicionera.  Te entusiasma con el resplandor de la mañana y te da escalos fríos por la noche justo cuando tranquilamente te dispones a conciliar el sueño. Oh, dulces sueños arraigados.  Y al cerrar los ojos, en esa cama que parece frigorífico,  fulminantemente recuerda, necesita, deseas sentir esos rayos de aquel Sol que a media mañana acaricia sus mejillas, tan suaves y blanquitas, tímidamente escondidas entre sus cabellos para que nadie se percate de sus deseos de abrazar, adorar y enamorar a ese Sol primaveral.  Al ratito se sonroja, el Sol es demasiado abrasador y seductor para una tez tan frágil, tan miedosa y avergonzada.  Y aun así,  a ella le gusta tanto sentirlo. - ¡Es una amor febril! -. Su pasión ardiente recorre cada una de sus venas, penetra en los huesos y se le queda gravado en el fondo de su corazón para que jamás se pierda entre lapidas de amor.
Una ligera brisa se revuelve entre sus largos y cobrizos cabellos. Es muy suave, refrescante, placentera. Que aroma. Son jazmines. La chica de los jazmines. Es tan embriagadora.  Mira que risueña. Su cara emana felicidad cuan calor desprende el Sol. Es feliz. Sensaciones celestiales.  Ese día fue ideado para ella, el Sol, la brisa, los jazmines, alguna que otra mariposa. Le gusta pensar que fue solo para ella, que alguien se atrevió a burlar a la naturaleza solo para dedicárselo a ella. ¡Menudo regalo!
Qué extraño…vacio… El día es maravilloso pero esta vació. Ahora se siente como ese banco solitario y abandonado en un parque que hace unas pocas horas estaba lleno  de inocentes risitas, alguna que otra queja, algún desesperado, almas en penas, parejas besándose, promesas de amor,  secretos entre amigas, alguna madre con su hijo  que han salido a pasear, pájaros chillones,  rayos de sol,  un cometa que se asoma entre los arboles desnudos.  Ahora recuerda,  como en uno de sus viajes a Granada, una niña de 17 años con su enorme paracaídas de colores que se abalanzó sobre el precipicio  sin pesárselo dos veces, se lanzo a la aventura, a la libertad y casi felicidad.
Ojos grandes y marrones súbitamente se hacen ver en la penumbra de la noche, a la luz de la luna que se cuela por las rejillas de la persiana bajada. Son brillantes. Dos perlas ardientes recorren sus pálidos mofletes. Que frías están ahora, - piensa ella con indiferencia -.  Hace unos diminutos instantes la chica de los jazmines estaba llena de ilusión, resplandeciente, con ganas de vivir y de lanzarse con un paracaídas sin saber a dónde. Estaba tan radiante y tan llena de valor.  Pero abrió los ojos y el sueño se esfumó.  Otro sueño mas que se me escapa de las manos, piensa ella con desilusión.  Mentira. Lo he dejado escapar.
En silencio y pensativa vuelve dejar caer los pesados parpados hasta esconder del todo esos grandes ojos hinchados por largas noches de insomnio. Pero esta vez no hay Sol ni primavera. No hay brisas. No hay colores. No recuerda los jazmines. No siente radiación. Solo decepción y traición.